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09 diciembre, 2022

Decisiones radicales en tiempos de fragilidad

Somos hijos de nuestro tiempo, nos guste o no. Y actualmente vivimos tiempos de fragilidad, de vulnerabilidad. Quizás anteriormente esta posibilidad de notarse frágiles en algún aspecto resultaba escondida: predominaba una imagen de poder y fuerza, provocando que los sentimientos, especialmente los de dolor y sufrimiento, quedaran relegados.

Una vez más el péndulo ha cambiado de sentido, y ahora es necesario mostrar nuestra intimidad vulnerable porque la auténtica aceptación y amor de los demás consiste en querer esa parte frágil, y que posiblemente nos disguste por no aparentar fuerza y dominio. Este hecho ha constituido un gran avance: ha redundado en una mayor cercanía entre nosotros, una transparencia que abre las puertas al amor verdadero y sanador, y una comprensión que profundiza más en la mirada hacia los demás que un simple entendimiento o tolerancia.

Este camino de mostrar es fácil y difícil: por una parte, resulta sencillo porque poseemos cada vez más soltura en el terreno de lo natural y espontáneo, y nos rodea un ambiente propicio por su inclinación a la emotividad: se podría decir que “lo auténtico” se lleva. Quizá nos pueda servir de ejemplo el uso más rápido e intuitivo de los ‘emojis’ o de ‘stickers’ para mostrar un sentimiento en lugar de una descripción de palabras en la que hemos de realizar cierto esfuerzo de la razón, aunque sigan las emociones ejerciendo sus movimientos. Por otro lado, hablamos de dificultad porque posiblemente nos exponemos en determinados lugares donde acrecientan nuestro mero sentimentalismo en lugar de aprender a utilizarlo para crecer (los sentimientos son una fuente muy positiva de conocimiento y auténtico motor de nuestra vida, pero añado el sufijo -ismo para quedarme con una acepción negativa de estos que sucede cuando cierran toda oportunidad de intervención a los pensamientos de la razón: en armonía, logran nuestro desarrollo integral como personas). Difícil también porque los filtros y ‘likes’ de las redes sociales siguen existiendo, cada vez con más opciones, cada cual más cercano a una ficción.

Esta realidad es mucho más profunda que lo que aquí se muestra, sin embargo, sirve para llegar a una conclusión: vivimos en la paradoja. La sociedad me empuja a cuidar mi imagen externa, a mostrar lo agradable y lo que atrae, pues ahí me aguarda el éxito: aceptación por parte de la gente de mi entorno, aumento de ‘likes’ o seguidores, ser considerado como los demás y así pertenecer a un grupo… En definitiva, la sociedad, mi realidad, me conduce a depositar de forma dependiente la seguridad de mí en los demás: su visión influye en mí más de lo que acierte a intuir. Y por otro lado, me anima a mostrarme como soy, con naturalidad, sin encubrir mis heridas, mis defectos y mi historia: mientras sea espontáneo, ¡todo cabe! Y ambas tendencias nos encaminan a un mismo fin: buscar la autoafirmación en el exterior.

Esta situación brevemente descrita podría tener una causa posible, aunque lo primero que percibimos es su consecuencia: la tendencia superficial a tratar la vida, los hechos, la intimidad de cada cual, etc. Tenemos un anhelo en lo más profundo de nuestro corazón que nos hace jugarnos nuestra felicidad: amar y sabernos y sentirnos amados. Este deseo nos impulsa a mostrarnos, expresarnos, establecer relaciones… y deseamos que acepten y quieran sin “peros” nuestra forma de ser, nuestros defectos, nuestras heridas, nuestro potencial, etc. No obstante, aun así, no se nos quita el miedo a que nos hagan daño, a equivocarnos, a quedarnos solos, a forjar otra imagen de mí mejor reconocida.

¿Por qué esta contradicción? Es una paradoja muy sutil, y nos la encontramos cuando detenemos nuestro ajetreo de cada día y miramos hacia dentro de nosotros. Podríamos decir que necesitamos que nos acepten, y lo que en realidad nos encontramos buscando es que nos aprueben, que nos den el Validation. Este es el título de un vídeo de YouTube en el que se ve, entre otras cosas, la diferencia entre aprobar y aceptar. ¿En qué consiste esta distinción? Ya sus raíces etimológicas nos indican alguna pista: approbare significa ‘pasar una prueba’, y la primera acepción del diccionario nos habla de una calificación y de dar por suficiente algo a alguien, mientras que acceptare significa ‘recibir’, ‘tomar’, ‘acoger’, ‘hospedar’, ‘tomar a su cargo’ (el adjetivo acceptus llega a más: ‘grato’, ‘bien recibido’, ‘amado’). En realidad, necesitamos y nos gustaría que nos aceptasen, pero el camino más sencillo y emotivo, la superficialidad que construye la paradoja actual y nuestras prisas nos empujan hacia la búsqueda de la aprobación.

¿Podría ser que en realidad el origen de esta superficialidad, de este miedo, de este deseo diluido, se encuentre en la falta de confianza?

No confío lo suficientemente en mí: no admito mis modos de ser y de ver la realidad, hay algún aspecto que rechazo y que oculto, un episodio que no sé cómo resolver y que me afecta, por tanto, lo trato de olvidar. Tantas cosas pueden fallar en la autoconfianza, por lo que buscamos fuera quien “rellene” esos huecos dando una seguridad ilícita. Digo ilícita porque la seguridad auténtica, que nos sostiene pase lo que pase, y que nos hace ser siempre los mismos y manifestarnos como somos, es la seguridad en uno mismo que nos la da el conocimiento y propia aceptación de nuestra identidad. Da igual lo que piensen y lo que valoren, lo que aprueben o esperan de uno: supone un ejercicio esforzado el reconocer qué me mueve a mí a ser o hacer, quién quiero ser, mi propia construcción como persona, y, de forma especial, el llegar a quererme como soy, con todo lo que soy.

Pensamos que lo externo nos influye y quizás “nos marca”, y realmente nos afecta, pero al final la última palabra la tiene nuestra respuesta: “Lo que nos hiere o daña no es lo que nos sucede, sino nuestra respuesta a lo que nos sucede” (S. Covey). Esto supone un empoderamiento en nosotros mismos que nos permitirá caminar con mayor libertad, pues nos conocemos, nos aceptamos, nos queremos y nos ofrecemos (si no nos poseemos a nosotros mismos, no podremos darnos realmente).

Un detalle que nos puede ayudar en este ejercicio es coger la costumbre de profundizar en cada hecho que nos afecta: por qué y de qué manera nos influye, cómo nos encontramos en ese momento, qué circunstancias externas nos rodean, por qué surgen estas sensaciones en determinadas ocasiones, etc. Esto nos dará mucha información que nos dará razones de nuestras reacciones (yo soy yo y mis circunstancias, ¿os suena?). Y después de esta toma de conciencia de nosotros mismos, con cierta distancia interna, podremos dar el siguiente paso hacia la seguridad y autoconfianza: tomar decisiones. Las respuestas, juicios, planes, acciones… son decisiones que en ocasiones podemos dejar que surjan de modo impulsivo, según el entorno en que nos encontremos, o incluso las dejamos en manos de otros o las cambiamos a medida que se modifican las situaciones. ¡Qué importante es decidir algo con reflexión y luego contrastar si queremos con quienes sabemos que poseen experiencia y cierta autoridad para que nos den su opinión!

Cada vez más oigo este tipo de conversaciones:

“He cogido el doble grado de… por si acaso esto sale mal”.
«Prefiero estudiar esto, que tiene salidas más seguras».
“No es nada formal ni oficial, porque aún no sabemos si esto puede ser para toda la vida. Pero mientras, ¡lo pasamos bien!”
«¿Comprometernos? Pero si no sabemos si nos querremos siempre».
«Aún soy muy joven para decidir una cosa así, que es para toda la vida… ya se verá. Necesito verlo más claro».

En las bambalinas de estos posibles diálogos se esconde un deseo de seguridad. Dicha seguridad puede recorrer un espectro verdaderamente amplio: la elección, por ejemplo, de una carrera que tenga mejores salidas, aunque no corresponda a lo que me apasione que a lo mejor son las letras o las artes; o quizá una opción de vida que me lleva a renunciar a proyectos que tenía previamente pensados por un cambio de país, una necesidad familiar, el imprevisto de una enfermedad o un revés de cualquier tipo, una vocación. Asimismo, se encuentran las “no decisiones”.

El problema es que se busca fundamentarlo en algo externo en lugar de uno mismo, en su bagaje de historia personal, principios y proyectos vitales, y que, además de fallar en la autoconfianza, tampoco se confía verdaderamente en los demás: «¿Y si cambia de opinión?». En este punto se encuentra nuestra verdadera fragilidad actual: no me fío de mí, y tampoco 100% de los demás, por tanto, planeo otras alternativas por si «la cosa va mal». Y no nos damos cuenta de que esta construcción probablemente no tenga futuro desde el primer ladrillo, porque no voy a ofrecer todo mi potencial y mis cualidades, me voy a reservar una parte para evitar un posible sufrimiento próximo o lejano, o un cierre de puertas a distintas oportunidades.

Lo que empieza frágil, frágil acaba, y quizá termine en una ruptura.

Este hecho, por lo general, no es tan preocupante en el terreno de los estudios donde se puede perder un par de años buscando lo que realmente gusta, o en otro tipo de decisiones. Sin embargo, sí que importa en las decisiones radicales: con este adjetivo no me quedo en la acepción de algo extremo, sino en su sentido etimológico que habla de raíces, profundidad. Estas decisiones son las que marcan la dirección de mi vida, y por eso son difíciles de tomar, y no se pueden hacer a la ligera. Pero si las tomamos con un plan B en mente (o C, D…), será como plantar las semillas de un árbol majestuoso (un gingko, por ejemplo) en una maceta diminuta: nunca llegará a cobrar sus dimensiones, por tanto, su belleza y plenitud, porque sus raíces no crecerán para tener el fundamento robusto necesario, ni podrán coger todo el alimento del amplio sustrato. Y todo esto porque no tengo seguridad en mí (si voy a aguantar, si me va a gustar siempre, si va a ser lo que me llena…) o en los demás (mismos comentarios pero en el otro sentido: si va a aguantar, si le voy a gustar siempre, si le voy a llenar). Por supuesto que puede suceder que haya que arrancar el árbol con todas sus raíces y volver a plantar en otro terreno: será un proceso doloroso, pero las raíces han crecido y se adaptarán al nuevo lugar y seguirán creciendo, más robustas incluso, si hemos hecho el ejercicio ya mencionado de ser dueños de nuestra respuesta, de nuestra libertad.

Las decisiones implican riesgos porque es difícil tener una certeza absoluta de que sean las correctas, las que mejor se adecúan a mi personalidad o proyectos, etc. Se trata de un auténtico deporte aprender a arriesgar en el día a día, y esto supone una apuesta por mi propia seguridad y autoconfianza. Podré equivocarme, pero sin duda me estaré fortaleciendo en la propia visión de mí, y me estaré acercando a la decisión acertada. No se pueden subestimar los errores, aunque nuestro entorno nos aliente a lo contrario: no es una pérdida de tiempo, no es irreconducible, ni es un fallo que suponga un estigma personal, social o de continuar decidiendo. Son aprendizajes, no fracasos: fácil de decir y, sin embargo, muy introducido en nuestra reacción y pensamiento ante esas equivocaciones. Nada hay totalmente irreparable. Y aquí entra en juego la capacidad de desdramatizar, pues hay sucesos que quizá se «engorden» excesiva y únicamente y lo que necesiten es un punto de vista con cierta distancia para colocarlo y saber afrontarlo. No obstante, en ocasiones ocurren otras experiencias que sí que se acercan un poco más al drama y aparece en el horizonte el aprendizaje posible sobre el perdón (además de recurrir a los consejos de personas expertas en la materia para obrar en consecuencia de la mejor manera).

Decidir, ofrecerse, darse, radical, arriesgar, error, tomar perspectiva, perdón… todas estas realidades y vivencias (no simples palabras) nos conducen a la mejor vida que podemos llevar: en clave de confianza y libertad verdaderas. Asumiendo estos riesgos podremos vivir auténticamente anclados en nuestro más profundo yo. Y en todo esto juega un papel importante la integración. Ya han salido las pistas: vivir asumiendo. No dejar las responsabilidades a terceros, o pretender evitar todo resquicio de sufrimiento, o postergar las decisiones, aun pequeñas, para lo que surja en la vida. Hemos empezado hablando de esa respuesta a las realidades que nos afectan como una acción libre por nuestra parte, y es así porque supone un acto valiente de nuestra inteligencia, afectividad y voluntad para querer asumir e integrar los sucesos o consecuencias de una decisión para que formen parte de mí. Sería una pena el enriquecimiento que nos perderíamos si no quisiéramos aceptar y admitir lo que vivimos. Y sería una posibilidad de provocar una rotura por dentro en nuestra identidad al querer romper con nuestra realidad.

Y, ¿qué queremos?

¿Tener una identidad firme, libre, que sea capaz de generar relaciones basadas en la confianza y seguridad, o un yo inseguro, apocado, sobreprotegido y sin haber descubierto la grandeza de dirigir la propia vida?

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ELVIRA LORENZO López (Madrid, 1990) es filóloga, apasionada de las palabras, los libros y el lenguaje. Se dedica profesionalmente a las áreas de alimentación y alojamiento en el sector Hospitality.
Lleva escribiendo desde muy pequeña: narradora de historias, necesita profundizar en la realidad, el corazón y la mente de las personas, los hechos… para poner palabras, nombrar. “Con ellos puedo verme metida en circunstancias y situaciones que quizá no viviría, y así desarrollo una visión mucho más amplia y me hago capaz de comprender más profundamente a las personas con las que me cruzo. Es como si viviera más vidas además de la mía”.
Ese mundo de palabras la conduce a su trabajo: ambos se integran con el único fin de poner a la persona en el centro; las palabras le permiten “encontrarse” con la materialidad de la gente para impulsar su crecimiento y cuidado al máximo. Además, se implica en muchos proyectos de formación y desarrollo de jóvenes, relacionados en su mayoría con su trabajo.
Es autora de un blog de literatura y escritura: Sonido de ánsar; donde sugiere libros, y publica textos de autores reconocidos, de lectores del blog y escritos propios (poesía, relato, prosa poética).