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18 octubre, 2023

¿Y si Disney levantara la cabeza? 100 años de la creación de un imperio cinematográfico

El 16 de octubre de 1923, Walter Elias, un joven de veintiún años fundó en Los Ángeles un estudio de animación en compañía de su hermano mayor, Roy. Tal vez falto de mejores ideas, o más probablemente con la ambición de que algún día resonara por todos los rincones del planeta, decidió llamarlo “Disney Brothers Cartoons Studio”. Todo empezó con las breves historietas de una niña traviesa que viajaba a “Cartoonlandia” en busca de aventuras. El cine, el arte de poner las imágenes en movimiento frente al espectador no contaba con treinta años de historia y el joven Walt, imaginativo y concienzudo, tenía claro que quería abrirse paso entre los mejores realizadores aportando un sello distintivo con sus dibujos animados. Y vaya si lo logró.

Después de “Alice in Cartoonland” llegaron los cortometrajes del gato Oswald, y tras estos, uno de sus personajes más emblemáticos, Mickey Mouse. Su inconfundible silueta, obra de su amigo íntimo Ub Iwerks seguramente sea hoy en día uno de los símbolos más emblemáticos de nuestro tiempo. Tan solo con verlo, nos trasladamos a un universo de fantasía, donde los sueños se hacen realidad. Evoca nuestra más tierna infancia y enseguida lo asociamos con momentos concretos, con recuerdos y experiencias que vivimos frente a una pantalla y que conforman parte de nuestra identidad.

No obstante, la gran hazaña de Disney, su locura, llegó a las salas de cine en 1937. Blancanieves y los siete enanitos. Basada en el cuento de los hermanos Grimm, se convirtió en el primer largometraje de animación en color. Toda una gesta, una proeza visual que consagraría al joven Walt como un revolucionario, como un creador de prestigio y como un pionero. A partir de ese momento, como suelen señalar varios teóricos, todo el cine de animación posterior se vería marcado por este largometraje, ya sea procurando imitar una fórmula de éxito o, por el contrario, tratando de transgredirla.

No obstante, el colorido universo de Disney conseguía transportar al espectador, niño o adulto, a un mundo de fantasía, plagado de elementos sobrenaturales

Disney recurrió al cuento de hadas porque vio en esas narrativas la oportunidad de desarrollar mediante la animación algo que no permitía el cine de acción real. Tan solo el mago Méliès con sus ilusiones ópticas había logrado llevar a la pantalla con éxito elementos de la imaginación, más propios de creaciones oníricas. No obstante, el colorido universo de Disney conseguía transportar al espectador, niño o adulto, a un mundo de fantasía, plagado de elementos sobrenaturales como hadas, brujas malvadas o enanos, donde el amor, el bien y la belleza siempre se imponían sobre el mal. Poco después llegó Pinocho, y años más tarde nuevos cuentos como La Cenicienta La Bella Durmiente. Las películas de dibujos animados no eran simplemente una vía de escape a lugares lejanos. Estos personajes, más que protagonistas de unas narraciones concretas, son símbolos que vienen a recordar al espectador que a pesar de las maldades del mundo el bien triunfa sobre el mal. Que frente a las fuerzas oscuras, en palabras de Dostoievski, “la belleza salvará al mundo”.

Walt Disney murió en 1966. Pasaron los años y la compañía que fundó siguió haciendo sus películas como si su gran creador siguiera con vida. Sin embargo, poco a poco empezaron a flaquear. Estreno tras estreno, la productora se hundía al presentar historias sin alma, relatos fantasiosos que no lograban llegar al espectador. No fue hasta 1989 que, tras importantes cambios estructurales en la empresa, lograron hacer resurgir el barco. Y para ello hicieron un viaje a su identidad. Desempolvaron de la biblioteca viejos tomos de cuentos de hadas para sacar a la luz aquellas historias con las que Walt había imaginado años antes. Primero vino La Sirenita, después La Bella y la Bestia Aladdín, cuentos animados con los que se volvían a situar en la cima del panorama cinematográfico.

Hoy, Disney es un imperio. Diferentes adquisiciones empresariales han hecho que en las últimas décadas se haya transformado en dueños absolutos del entretenimiento familiar. Pixar, Marvel, Lucas Films o más recientemente Century Fox forman parte de un conglomerado con la capacidad de influenciar enormemente en la configuración del imaginario de los jóvenes desde su más tierna infancia. Conscientes de esta realidad, son muchos los que han intentado aprovechar estas historias de gran alcance para mostrar nuevos estilos de vida o normas de conducta y lograr así una increíblemente rápida aceptación social. Como anuncia la propia compañía de animación, con sus películas, “se comprometen a crear historias con temas inspiradores y motivadores que reflejen la gran diversidad de la experiencia humana en todo el mundo”.

Sin embargo, en este intento de dar voz a todos y a todas han puesto en diversas ocasiones a las historias al servicio de unas ideas que transmitir, tratando de resarcirse de un pasado del que se reniega. Se ha llevado a cabo un proceso crítico contra aquello que hizo Walt Disney y que hoy consideran totalmente desactualizado. En un ejercicio de revisionismo histórico, hay un empeño en ofrecer una lectura contemporánea para tratar de desacreditar comportamientos pasados. Y en este proceso, se olvida el valor simbólico de los elementos de la historia. Tildamos de machistas películas como Blancanieves La Bella Durmiente porque un príncipe besa a la princesa dormida sin su consentimiento. Olvidamos que ese gesto de amor no es tan solo una expresión carnal de un deseo incontrolable, sino que mediante la acción heroica se produce la salvación de un mundo herido por la acción del mal. La princesa, más que un personaje pasivo, es símbolo de la belleza que debe ser rescatada.

Lo explica bien Diego Blanco cuando se pregunta: “¿Puedes imaginar a un socorrista que se niegue a reanimar con el boca a boca a una joven que ha perdido el conocimiento, por no tener su consentimiento expreso? ¿Acabaremos viendo denuncias por un boca a boca no consensuado? El príncipe ha salvado in extremis la vida de esa pobre alma que había sido dañada profundamente por el pecado, no ha abusado de ella. ¿Cómo es posible atacar al príncipe y olvidar a la bruja, responsable de su muerte?”.

Frente a eso, preferimos que el mal siga campando a sus anchas, que las princesas sigan durmiendo hasta que ellas consideren que es suficiente.

Frente a eso, preferimos que el mal siga campando a sus anchas, que las princesas sigan durmiendo hasta que ellas consideren que es suficiente. No se tiene en cuenta que sin redención no hay posibilidad de salvación. En un intento de desprenderse del calificativo de retrógrados, percibimos que últimamente este proceso de restauración de la figura femenina pasa por poner el foco en las mujeres, y en concreto en las villanas, como en Maléfica Cruella. Se justifica su maldad, se muestran sus acciones con cierta gracia y se olvida que su acción vil es la causante de los males del mundo.

Desde hace pocos años, Disney está sumida en una gran crisis. Parece que sus últimas producciones, salvo algunas excepciones, no logran convencer a su público, encadenando varios fracasos que están provocando pérdidas millonarias. Desde varios puntos de vista, resulta inaudito. En el ámbito tecnológico han llegado a un nivel de desarrollo abrumante, capaz de lograr experiencias totalmente inmersivas. Su bagaje y su prestigio deberían provocar que a cada estreno hordas de padres cargados con sus pequeños invadan las salas de cine. Y su presupuesto en promoción logra que a lo largo del día recibamos diversos inputs animándonos a asistir a cada espectáculo audiovisual. Pero nada, no hay manera. La gran crisis de Disney es una crisis de identidad. Se han olvidado de qué es aquello que como espectadores nos hace ir a buscar sus historias. Disney triunfa por su inocencia, porque logra trasladarnos a lugares donde los sueños se pueden hacer realidad, donde el bien triunfa frente al mal y uno termina la película con el deseo de permanecer allí. Eso es lo que convierte a sus historias en universales, y no el hecho de que todas las minorías raciales, sociológicas y culturales se vean representadas mediante un personaje con mayor o menor protagonismo.

Alguna vez me han preguntado qué pienso que diría Walt Disney si levantara la cabeza. Rechazo actuar como portavoz de su pensamiento, no obstante, esta pregunta me ha dado que pensar en diversas ocasiones.

Alguna vez me han preguntado qué pienso que diría Walt Disney si levantara la cabeza. Rechazo actuar como portavoz de su pensamiento, no obstante, esta pregunta me ha dado que pensar en diversas ocasiones. Hay quienes sostienen que el simpático personaje con bigotillo no era más que un oportunista que supo amoldarse a las exigencias de su tiempo. Sinceramente, lo considero una visión simplista. Bien es cierto que era un visionario que supo acertar, pero tuvo tantos éxitos como fracasos, aunque todos ellos son apreciados como clásicos con el paso de los años. Me gusta pensar que, como era un soñador, procuraba transmitir en sus películas su modo de vivir. Por eso trabajaba para crear productos inspiradores. Tal como está sucediendo hoy, poner las historias al servicio de unas ideas reduce su capacidad de convertirse en obras universales. Tal vez, cuando pasen los años, serán vistos como productos de consumo llevados a cabo en un contexto histórico concreto tratando de influir en él y no como historias con pretensión de inspirar grandes sueños a las generaciones futuras. Si Walt levantara la cabeza, es posible que animara a sus creadores a soñar más alto.

 

Artículo escrito por Ignacio Laguía (ver original), Doctorando en Cultura y Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra: «Crisis de las narrativas heroicas y del cuento en el cine de animación con la llegada de la posmodernidad»